miércoles, 20 de febrero de 2013

Carrusel de lluvia.


Los charcos de agua y el frío veraniego me traía una vez mas en un pasado no tan lejano para mi memoria.
Sentarme a respirar un poco y ponerme al día, recordando anécdotas, eran dignas de ser leídas.

Ayer reviví mi infancia, arriba de un carrusel colorido, lleno de vida y fantasía.

Cerré los ojos por unos segundos he intenté verme reflejada en aquel caballito. Me ví intentando agarrar las llaves para ganarme una vuelta mas mientras mi padre me veía desde lejos, saludándome con la mano cada vez que pasaba cerca de él y yo levantando mi mano para responder a su saludo con una sonrisa especial y una risa contagiosa.

Me vi tímida pero feliz. Era frágil pero fuerte, vacía de oscuridades.
Tuve el impulso de correr hacia ella, mi infancia, mi cable a tierra, mi dulzura perdida, quería contarle todos los momentos difíciles que pasaría con su familia, las atrocidades de otras personas y lo imposible que sería pasar por aquellos obstáculos, pero quedé sorprendida al darme cuenta que los años nos habían separado. 

Se veía tan feliz, tan vivaz que preferí admirarla desde lejos y recordar como aquellos tiempos fueron tan brillantes mientras me proponía contagiarme de ellos. No sabía como habia retrocedido, como aquella niña, tan pequeña y tan inexperta vivía mejor que yo, veía el mundo como realmente era. 

Todos pasamos por algo así, todos sufrimos porque nos rompen aquella burbuja que nuestros padres nos construyen. A veces se rompe sin previo aviso y otras la rompemos nosotros mismos.
En mi caso explotó sin avisar, y me encontré totalmente sola, sin herramientas para seguir, tuve que construirlos con lo que encontraba en el camino.

A veces anhelo vivir en mis recuerdos porque nunca  pude despedirme bien de ellos.
Porque el abandono se hizo enorme cuando lo vi partir de este lugar. Y me sentía demasiado ingenua para sentirme segura. Pero me armé de valor y salí, ocultando mi dependencia pendiente.
Y así fui cayendo cada vez que subía un escalón, así me dejé lastimar por mi y por los demás.
Y cuanto mas arreglada me sentía mas me caía y me dejaban caer.

Me pregunto desde cuando me propuse realmente las cosas, desde cuando mi cerebro cambio y desde cuando mejoró.

No se, fueron tantos recuerdos y sensaciones agradables las que sentía en ese momento que preferí seguir recordando mi infancia y olvidarme un poco de los lamentos, al fin y al cabo estaba volviendo a mis raíces, esta vez no hay porque fallar y menos llorar.

Me sentía volar en aquel caballo, mientras ellos me saludaban desde lejos cuando me veían pasar.

Era su pequeña, aquella niña que hacía sonreír a los demás.

Y volví a ser pequeña, frágil pero feliz y llena de valor.


1 comentario:

  1. La infancia, seguramente la mejor etapa del existir. Saludábamos a la vida tan pueriles, tan utópicos, tan noveleros; sin saber lo que se traía entre manos, sin conocer el ulcerado enigma que guardaba en la nevera.
    La agria transición de la niñez a a la pubertad me pasó raspando la garganta. Recuerdo el día exacto de la metamorfosis, cuando dejé el estado de crisálida para pasar a ser aquel insecto excéntrico, que ya nadie reconocía, con aquellas alas que no supe maniobrar, y que aún me llevan por los lugares equívocos.

    PD: Me agradó leerte al compás de la música que has compartido.

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